A la sombra de la abadía de Sint Sixtus

Como un musulmán que se dirige a su primera peregrinación hacia la Meca, algo así me sentía yo en mi primer viaje hacia la abadía de Sint Sixtus en Westvleteren. Poco más de una hora nos llevó recorrer los 80 kilómetros que separan Brujas del pueblo de Westvleteren atravesando de este a oeste la región de West Vlaanderen, buena parte de ellos por carreteras secundarias que atraviesan una de las zonas más despobladas de Bélgica y cuyo único interés turístico, a parte de la visita a la abadía, es la ciudad de Ieper, donde se encuentra un museo de la segunda guerra mundial y se pueden visitar restos de las trincheras que formaron parte de la famosa Línea Maginot.

Nervios en el estómago y esa sensación de incerteza que uno tiene cada vez que se dirige a lo desconocido, mientras que en mi calenturienta imaginación se dibujaban escenas de como sería el interior de la abadía. En mis mejores visiones aparecían oscuras salas con enormes toneles de madera donde maduraba la Westvleteren 12, me veía a mí trepando por la barrica y sumergiéndome en aquella mágica poción hasta quedar inmunizado para siempre cual Obélix en su marmita...

Y es que todo el misterio que rodea a la cervecería de la abadía de Sint Sixtus in Westvleteren y a su célebre cerveza, todas las historias que había oído y que había leído, la limitaciones para comprar (solo una caja por visitante y coche), que apuntaban la matrícula del vehículo, que había firmar un acuerdo de "no reventa" y toda la leyenda que envuelve a la cerveza de Westvleteren habían ido calando poco a poco en mi subconsciente de tal forma que no tenía ni idea de que era lo que me podía encontrar; quizá me hiciesen pasar a un claustro cerrado con una pequeña ventana a través de la cual un monje te sometía a un interrogatorio acerca de cuales eran "tus intenciones" con aquel elixir de dioses y que tras hacerte jurar y perjurar que no ibas a comerciar con él e incluso quizá de hacerte firmar algún tipo de documento, se abriría aquella ventana el espacio justo para dejar pasar una caja de Westvleteren... Pero nada más lejos de la realidad.



Según había leído en su web, las horas de visita del Claustrum que era la única zona de la abadía abierta para los visitantes eran de 2 a 5 de la tarde. Quería aprovechar mi visita al máximo, así que hacia las 12 salimos de Brujas en coche con dirección al pueblo de Westvleteren con la intención de parar allí a comer un poco y preparar el cuerpo para después poder "traernos puesta" la mayor cantidad posible de aquella poción mágica que hacían los monjes.

mongeLa visita al pueblo de Westvleteren fue un fracaso: ni un solo restaurante abierto, a pesar de ser domingo y la única cervecería abierta estaba invadida por un grupo de individuos que por la familiaridad, debía ser toda la representación posible de los habitantes menores de 50 años de aquel pequeño pueblo. En su carta de cervezas nada especial, Chimay y una Westmalle triple además de la representación habitual de la Inveb, ni rastro de Westvleteren, tampoco tenían nada sólido para comer, así que abandonamos el pueblo en busca de un sitio mejor para llenar la tripa y a poder ser con un servicio un poco más amable.

El sitio lo encontramos a poco más de un kilómetro de la misma abadía. Un restaurante familiar donde por un precio razonable pudimos probar algunas especialidades de la cocina típica belga.
Desde el restaurante nos dirigimos directamente a la abadía, eran ya las tres tocadas y no quería que un buen almuerzo nos apartase del objetivo principal de nuestra visita.

La primera escena que vimos al entrar en la abadía fue una imagen casi dantesca: un gran parquing atiborrado de coches como el de un centro comercial en víspera de festivo.
Dejamos el coche y seguimos los carteles que rezaban "Claustrum" y que muy a mi pesar señalaban en dirección a una enorme cafetería ubicada bajo un rótulo que rezaba "In de Vrede"

Al traspasar la puerta de la cafetería nos encontramos metidos de pleno en el barullo de un gran salón atiborrado hasta la bandera de feligreses, cada uno con su respectiva copa de Westvleteren en la mano y de un pequeño ejército de camareros uniformados que no paraban de moverse entre las mesas armados con sus bandejas repletas de Westvleteren. Entre la confusión me dirigí a la barra y pregunté a una amable chica que estaba detrás por el Claustrum y me señaló hacia una pequeña puerta que se abría en la otra punta del salón. Hacia ella nos dirigimos.

El famoso Claustrum resultó no ser otra cosa que una pequeña sala con unas pocas fotos en blanco y negro de los monjes "in labore" y una pantalla donde se reproducía un vídeo en el que se podían ver escenas de la vida cotidiana en el monasterio. Al interrogar al amable encargado de aquel pequeño museo, me dijo que aquello era todo lo cerca que iba a estar del monasterio...

Sobre una pequeña maqueta me señaló el sitio donde se encontraba la brewery y me explicó un poco de la historia de aquel monasterio, que las naves originales habían sido derribadas y que la cervecería ocupaba actualmente las naves que formaban la esquina posterior del monasterio que es donde se elabora hoy en día la cerveza. Y aquello era todo. Aquello y la enorme cafetería. No me lo podía creer.

Al ver mi cara de estupefacción, aquel amable señor me comentó que existía una ruta de unos 7 kilómetros que rodeaba completamente el monasterio, eso si manteniéndose siempre del lado exterior del grueso muro de dos metros y medio que impedía cualquier visión del interior.

Atónito abandoné el Clautrum y me dirigí a la cafetería. Por suerte el clima nos acompañaba y la cafetería dispone de una amplia terraza exterior, hacia ella nos dirigimos para ocupar una mesa y acto seguido pedir unas Blondes que harían que se nos pasase el susto.

Aquella sensacional cerveza y la certeza de que lo mejor estaba aun por llegar fue cambiando rápidamente mi mal humor por un estado de bienestar... No había visita cultural, no había monjes ni cervecería que visitar, no había fotos para el blog, pero teníamos entre las manos una magnífica cerveza y al fin y al cabo a eso era a lo que habíamos venido.

Tras unas cuantas cervezas degustadas con tranquilidad (por suerte el horario de la cervecería es mucho más permisivo que el de los monjes y no cierra hasta las 10 de la noche) me dirigí hacia la tienda donde se pueden comprar directamente las cervezas. Se trata de una pequeña tienda típica de souvenirs donde una muy amable chica me mostró los productos típicos que además de cerveza elaboran los monjes trapenses: quesos, mermeladas, pates, etc.

Aquí me esperaba una última desilusión: no quedaba cerveza a la venta. La razón que me dio la amable señorita era que los monjes elaboran una cantidad limitada y que la mayor parte de ella se consume en el restaurante (eso sí, a un precio por botella de aproximadamente el triple de lo que sale comprando por cajas), así que solo cuando la cafetería no consumía la totalidad de la producción se podía comprar la cervezas por cajas a un precio mucho más razonable. La chica se ofreció a quedarse con mi número de teléfono y a avisarme en cuanto tuvieran nuevamente cerveza a la venta.

Por suerte todavía quedaba tarde, y la cerveza en la cafetería no faltaba, así que compré un queso y una copa de Westvleteren y volví a ocupar mi mesa en la terraza dispuesto a llevarme puesta toda la cantidad de poción mágica que pudiese resistir.

Publicado en Culturilla Cervecera
Miércoles, 5 de noviembre de 2008

bajo el tag ACTIVIDADES



Pi3.es Consultoría Informática